Infiltrados

Getting your Trinity Audio player ready...

Homenaje a los agentes infiltrados en grupos de delincuentes muy peligrosos

Eres joven. Se acaba el tiempo de formación en el instituto. Has de decidir el siguiente paso para formarte. Elegir un oficio, profesión. Un futuro cercano para integrarte en el mundo laboral. ¿Universidad? Muy complicado el futuro. Hay una salida: oposiciones.

Nunca fuiste deportista de élite. Un mínimo, sí. Las pruebas no son imposibles. En secreto, mides tus tiempos. Es factible. Puedes. Comentas en casa. La familia te apoya, —¡cómo no!—. De igual forma, tu madre te recuerda el peligro.

—El peligro está en cualquier parte, mamá.

Te entiende, quiere, apoya.

Meses estudiando, practicando deporte, quitando una parte de tu vida social para conseguir el éxito en la meta. Preparación, constancia, firmeza en tu mente. Exámenes, pruebas médicas, deportivas, entrevista…

Aprobado. ¡Enhorabuena!.

Maleta, carretera y manta. Centro de formación. Personas desconocidas, procedencia lejana, acentos diferentes de las diferentes provincias y pueblos de España. Días de añorar tu casa, días de encontrar hermanos, más que compañeros.

Te formas, aprendes. Fallas, caes y levantas con mayor impulso. Interiorizas el sentimiento de más que cariño a las personas de alrededor. En ellos estará tu vida y la suya. Uniformes. Da igual el color, la misión es idéntica: cumplir y hacer cumplir la ley, proteger a los ciudadanos. Y a nosotros mismos.

El centro de formación no es ajeno a las noticias diarias. Atentados terroristas, asesinatos. Los etarras son la mayor amenaza para nosotros: policías nacionales, guardias civiles y militares. También comienzan a asesinar a políticos. Los más humildes, los menos protegidos, los más anónimos. Una diana en tu espalda. Día a día, noche a noche.

Las unidades especializadas reciben datos de los centros de formación. Se presta atención en los alumnos. Gente normal, de lo más normal, sin distinción aparente dentro de un grupo. Que no destaque, ni por arriba ni por abajo.

Hay un proyecto en el cuerpo. No es nuevo, pero sí interesante. Buscan agentes novatos, sin experiencia previa ni maleaos por otros; moldeables para el servicio, tan anónimos que no destaquen en un ambiente hostil.

Los malos se alejan de los modelos de belleza. Del montón, del medio, capaces de meterse en medio de la gente guarrera y pasar desapercibidos. Fuertes en mente, en sentimientos, hábiles a la hora de escuchar, de transmitir, de tragar. Porque hay que tragar carros y carretas con los guarros.

Te proponen una entrevista. Te gusta, animas. Sale bien.

Empieza el proyecto, conoces el plan. Tu vida va a girar siempre en contra de todo aquello que piensas es bueno, no te olvides nunca de quién eres ni de cuáles son tus principios. Admites, te formas, aprendes. Una y otra vez. No te cansas, no decaes. Cuando lo ves jodido, piensas:

—Hay que acabar con ellos para que ellos no acaben con nosotros.

Día a día practicas, aciertas y te equivocas.

Casilla de inicio.

Comienza de nuevo cada aprendizaje. Ves los fallos, levantas la mano. Ha sido culpa mía, afirmas. Repites esa práctica, memorizas caras, nombres y apellidos; también los apodos, los suyos; también su historia, la suya; los principios y fines bastardos suyos, de ellos.

Una y otra vez. Acostumbras de forma natural realizar una vigilancia, la contravigilancia y contacto con los buenos. Porque eres de los buenos, y los buenos corren más peligro que los malos. Conoces el coste de los fallos. Cuanto empiece la partida real, sólo tendrás una oportunidad de equivocarte.

La vida. De otros y la tuya, que es la más jodida.

Repites y repites esa observación para reconocer a la mayor parte. Es seguridad, por si encuentras a esos guarros en el día a día.

Formación, estudios.

Y sigues. Te caes, levantas. Rendirse no es una opción.

Dejas a la familia de lado. Tus padres entienden lo poco que les cuentas por su bien, por el tuyo. Un par de mentirijillas, tu madre no se cree por completo. Lo notas en sus ojos, en su mirada. Es amor. Duele. A todos. La misión importa mucho. Tu vida corre peligro, la vida de todos. Será poco tiempo.

Empieza el baile. No, no es bailar con la más fea. Ojalá.

El movimiento es el peor de lo peor en nuestro hermoso país llamado España. No son malos, son peores. Lo que dicen, cómo dicen; lo que hacen, cómo hacen; lo que quieren, cómo quieren. Día a día, mes a mes, año a año. Todas las jornadas importan, cualquier momento es fundamental. Te ven, observan, escuchan, hablan. Disimulas. Pasas desapercibido, del montón.

Fundamental.

Comienzan a llegar los frutos. Sin comerlo ni beberlo, empiezan a tentarte desde el lado oscuro, desde el lado más guarro. Pequeños encargos sin responsabilidad en cruzar la línea roja, la más roja; sin perder el norte, brújula de la ley controlada. Confían en ti. Bien, el trago es duro, ácido.

Llegan días chungos, también; tragos amargos, más. Soledad. Porque la soledad es lo peor cuando estás rodeado de gente; gentuza, concretamente. Guarros con el propósito de acabar con tus hermanos, compañeros, con cualquier persona contraria a sus ideas; bastardos principios, nulo respeto a la vida ajena.

Cada noche, cada mañana, cada momento, olor a comida casera, te acuerdas de tu familia. De tu madre, especialmente. Tientas en llamar por teléfono. Recuerdas, cualquiera siempre puede estar mirándote, viendo qué haces. Corres el riesgo de que ellos, los guarros, repitan llamada a tu casa, a tu madre. Entonces, todo se irá a la mierda. Ellos les harán daño. Mucho. Línea roja, recuerda, nada de contacto.

Los meses pasan, y los años con ellos. La vida te va haciendo una llaga en el alma. Ves pasar tu juventud, vida social de tus amigos. Se ennovian, casan, hijos; cambian de pareja. Imaginas, porque no compartes esas situaciones, aventuras… la vida.

Tu ausencia en esos momentos cosecha frutos para arruinar la pretensión de los guarros. Fallan, sin saber la realidad a la hora de matar, asesinar, conformar comandos, crear terror a los ciudadanos. Y mientras, tú tragas. Escuchas las barrabasadas que cuentan; las amenazas, las múltiples acciones contra los buenos. Te muerdes los labios de rabia por las noches, cuando recuerdas quién eres en realidad y luchas en cada momento por permanecer con la serenidad precisa.

Llega el momento final. No hay más líquido en ese pozo. Tú, sin saber dónde se encuentra la meta desde el inicio ni la fecha del final, piensas lo contrario. No hemos acabado con ellos, puedo seguir.

Tu controlador se da cuenta. Sabe de tu dureza, determinación, fortaleza mental y todos los años que has dado por los demás sin pedir nada a cambio. No, no puedes seguir más, la misión ha finalizado para ti.

Es hora de volver a una vida que no recuerdas bien cómo era. Recuperar el tiempo perdido. La familia, bodas, sobrinos, padre y madre. Anécdotas acumuladas para recuperar años pasados entre un paréntesis que nadie será nunca capaz de reconocer en público. Porque tu vida, la de tu familia, correrá un riesgo muy alto para los restos.

Eres tan humilde que tu premio va a ser un… ¡coche! ¡Coño, ni que fuera la final de un concurso de televisión! Así eres tú, así te premia un estado ingrato. Y, además, de forma anónima en el reconocimiento. Porque siempre estarás en peligro: les has jodido mucho y bien.

Y te vas. Te largas a un destino —más que merecido— donde ellos no puedan encontrarte. Donde los guarros no cumplan sus deseos de venganza; donde construir una vida normal.

Volver a la vida sin perder la tuya.

Años después, una empresa se fija en esas mujeres y hombres que dieron parte de su vida para salvar la del resto, al menos intentarlo. Evalúan el proyecto, coste y beneficio. Es una empresa, normal que hagan números. Echa a andar el guión de la historia. De la historia que los guarros no quieren oír ni que tú veas. Porque, en los personajes, muchos vamos a encontrar similitudes con grandes seres humanos.

La película sale adelante. Contra todo pronóstico, se cuela en la fiesta por excelencia del cine español. Contra muchos de los asistentes, se alza la voz de agradecimiento de una mujer a quienes han sacrificado parte —o toda— su vida por los demás.

Se recuerda a las víctimas del terrorismo. Y eso jode, jode mucho. Porque jode recordar quién son los malos —los etarras y quienes les apoyan—, y quienes somos los buenos —policías nacionales, guardias civiles, militares, entre otros, y las víctimas del terrorismo—.

Nosotros —víctimas del terrorismo, guardias civiles, policías nacionales, militares, familias, españoles, en definitiva— damos las gracias a esa productora por su valor demostrado contra las alimañas, contra los guarros. Por mostrar en una película lo jodido de la vida diaria para procurar el bien de los demás. De bien nacidos es ser agradecidos.

No podemos olvidar lo inolvidable.

Muchas gracias.

Si te gusta este tema, puedes leer «Obligaciones voluntarias«.

Anticipo: ETA pierde.

Obligaciones voluntarias